Coment No. 76, 1 de noviembre de 2001
¿SUPERPOTENCIA?
Estados Unidos es una potencia hegemónica en declive. Llevo expresando este punto de vista desde al menos 1980 (1). Aunque esa afirmación pretende ser analítica, no normativa, he comprobado que despierta no sólo incredulidad sino enojo, y que esa reacción se produce en todos los registros del espectro político, y en todos los rincones del planeta. La gente de derechas la considera falsa, o más bien la juzga acertada sólo en la medida en que la superpotencia no ha hecho valer toda su fuerza. Además, parecen suponer que con ese análisis estoy promoviendo una actitud derrotista, haciendo una profecía cuyo mero enunciado favorece su cumplimiento. Esa gente tiene una extraña fe en el poder de la palabra, o al menos de mis palabras.
La gente de izquierdas se muestra a menudo incrédula, diciéndome que es obvio que Estados Unidos domina la escena mundial y se impone en todo el globo, de la peor forma posible. Así pues, ¿cómo puedo decir que esté en declive? ¿No estoy con ello desviando a la gente de una acción eficaz? Por último, las personas de centro parecen ofenderse por la sola idea de que una actividad inteligente y apropiada por parte de los que ejercen el poder no pueda remediar cualquier limitación observada en la acción benéfica de Estados Unidos.
¿Qué significa ser una potencia hegemónica? Significa la posibilidad de definir las reglas del juego geopolítico, y de encontrar una salida para casi todas las situaciones simplemente mediante la presión política, sin tener que recurrir al empleo real de la fuerza. No me voy a ocupar aquí de cómo una potencia alcanza la hegemonía y por qué esa hegemonía acaba siempre perdiéndose (2). La cuestión ahora es de qué pruebas dispongo para afirmar que la hegemonía estadounidense se está desvaneciendo. Evidentemente, no niego que Estados Unidos siga siendo todavía, y de lejos, la mayor potencia militar del planeta. Y no sólo es así, sino que probablemente lo seguirá siendo aún durante al menos otros veinticinco años. Pero ya no es verdad que Estados Unidos pueda definir unilateralmente las reglas del juego geopolítico, ni tampoco que pueda imponer su criterio simplemente mediante la presión política, ni siquiera en la mayoría de las ocasiones. La actual lucha contra bin Laden no es el primero, sino tan sólo el último ejemplo de esta nueva realidad.
Y digo nueva realidad, porque hubo un tiempo, no hace mucho, en que Estados Unidos era verdaderamente hegemónico, en que era la única superpotencia. Así era poco más o menos entre 1945 y 1970. Pese a la Guerra Fría y pese a la URSS (o quizá en gran medida debido a ambas), Estados Unidos podía conseguir cuanto quería, donde quería y cuando quería. Dominaba las Naciones Unidas. Mantenía a la Unión Soviética confinada en los límites que había alcanzado el Ejército Rojo en 1945. Utilizaba a la CIA para derrocar o remodelar gobiernos que consideraba inamistosos (Irán en 1953, Guatemala en 1954, Líbano en 1956, la República Dominicana en 1965, etc., etc.) Imponía su voluntad a sus aliados con frecuencia renuentes de Europa occidental, obligándoles a dar marcha atrás en operaciones militares (como la de Suez en 1956) o presionándoles para que aceleraran el ritmo de la descolonización, porque Estados Unidos consideraba que esa línea de conducta era más prudente y segura.
En esa época, los estadounidenses aprendieron a "asumir sus responsabilidades" mundiales. Tenían una política exterior "bifronte". Luego las cosas comenzaron a cambiar. Desapareció la gran ventaja económica de que gozaba Estados Unidos frente a Europa occidental y Japón. Esos países se convirtieron en rivales económicos, aunque seguían siendo aliados políticos. Estados Unidos comenzó a perder guerras. Perdió la guerra de Vietnam en 1973. Fue humillado por Jomeini en Irán en 1980. El presidente Reagan retiró del Líbano a los marines en 1982, debido a que 200 de ellos habían resultado muertos en un ataque terrorista (y esto, dos días después de haber dicho que nunca lo haría). La guerra del Golfo terminó en un empate, con las tropas retirándose a las líneas de las que habían partido. Alguna gente sigue diciendo en Estados Unidos que eso fue porque los estadounidenses no tuvieron cojones para marchar sobre Bagdad (o cometieron el error de no hacerlo). Pero la decisión del presidente Bush padre reflejaba la apreciación político-militar de que esa decisión habría llevado con el tiempo a Estados Unidos a un desastre, juicio que parece bien fundamentado y prudente. Y mientras que Jimmy Carter pudo imponer a Egipto e Israel en 1978 el Acuerdo de Camp David, Bill Clinton no pudo hacer lo mismo a Palestina e Israel en 2000, aunque se esforzó por lograrlo.
La última vez que Estados Unidos obtuvo cuanto quería con sólo chasquear los dedos fue el 11 de septiembre de 1973, cuando organizó un golpe de Estado en Chile que dio el poder a Pinochet. El 11 de septiembre de 2001 fue bin Laden quien chasqueó los dedos, y la población y el gobierno estadounidenses todavía no se han repuesto del golpe. Sin embargo, bin Laden no dispone de un gran ejército, armada ni fuerza aérea. Su capacidad tecnológica es relativamente primitiva. No dispone de fondos con los que hacer frente a los recursos del gobierno estadounidense. Así pues, incluso si el partido terminara en empate, habría ganado.
A Estados Unidos le llevó treinta años aprender a "asumir sus responsabilidades" como potencia hegemónica. Desperdició los siguientes treinta años suspirando por las glorias pasadas y maniobrando para mantener todo el poder que le fuera posible. Quizá tendrá que emplear los próximos treinta años en aprender a ser un país rico y poderoso en un mundo desigual, pero en el que ya no controlará unilateralmente la situación. En ese mundo, tendrá que aprender a llegar a acuerdos con el resto del mundo (no sólo Afganistán, ni siquiera solamente con China y Rusia, sino también con Canadá, Europa occidental y Japón).
En la anarquía del mundo en colapso que está marcando la transición de nuestro moderno sistema-mundo a algo distinto, a todos nos importa, y mucho, cómo desempeñen su papel Estados Unidos, su gobierno, sus ciudadanos, sus grandes empresas... Todos, y en todas partes, estamos interesados en obtener una respuesta inteligente, creativa y esperanzadora por parte de Estados Unidos a la crisis mundial en la que ellos y todos los demás nos encontramos hoy. Porque Estados Unidos sigue siendo la mayor y más fuerte potencia mundial, y todavía cuenta con tradiciones y aspiraciones valiosas y que mucha gente (no sólo los norteamericanos) piensa que han contribuido positivamente al mundo en que todos vivimos.
La pelota está en el tejado de Estados Unidos. Para los norteamericanos sería demasiado fácil enfurecerse por la terrible destrucción de vidas humanas en las Torres Gemelas y sus consecuencias. Ya hay demasiada cólera irreflexiva en el mundo (aunque mucha de esa cólera, de un lado y de otro, esté justificada). No hay ninguna garantía de que el mundo pueda atravesar los próximos 25-50 años con una violencia mínima. Pero podemos tratar de analizar qué es lo que podría sacarnos del profundo agujero en el que nos encontramos actualmente.
(2). Me ocupé por primera vez de esa cuestión en "The Three Instances of Hegemony in the History of the Capitalist World-Economy," reimpreso en The Politics of the World-Economy, Cambridge: Cambridge Univ. Press, 1984, 37-46.
Immanuel Wallerstein (1 de noviembre de 2001).
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